Sólo Un Mal Sueño: ¡Te Atrapé!, De Ray Bradbury
Toda intimidad supone, propone, conlleva códigos particulares. Costumbres, ademanes y juegos que hacen al fortalecimiento mismo de esa intimidad. Hay siempre un siesnoes de complicidad, de complot; una suerte de conspiración amorosa cuyos únicos involucrados deben ser quienes participan de tal intimidad. Es como si los humanos necesitáramos de un mínimo aliento a clandestinidad, a juego prohibido, a secretos de tú a tú. Sin embargo, hay ocasiones en que esos ademanes, esos guiños cómplices, esos juegos secretos, prohibidos, pueden llevarnos demasiado lejos de la habitual "zona de confort" donde cada quien se reconoce -se acepta, se gusta o se tolera- a sí mismo. Hay, en la historia presente, algo de todo eso...
Ray Bradbury nació en Waukegon, Illinois, Estados Unidos, el 22 de agosto de 1920. Hijo de Leonard Spaulding Bradbury y de Esther Moberg, entre sus ancestro se encuentra Mary Bradbury, famosa por haber sido acusada por brujería y condenada a muerte en los Juicios de Salem (pena que no se llegó a ejecutar por su fuga; Mary Bradbury murió por causas naturales en 1700).
A sus nueve años se enteró de aquello del incendio de la biblioteca de Alejandría y lloró. Porque era un niño y tal vez también porque lo que se incendiaba era su país y el mundo. El crack financiero de 1929 mandó a su familia al exilio interno
Se graduó en Los Ángeles High School y no hubo plata para más. En un país donde la educación universitaria es trampolín para el progreso, Bradbury se supo condenado a no pasar por ninguna: estudiar era caro.
Vendió diarios, entonces, y se hizo una rata de biblioteca. Escribió unos cuentos que la revista Script le publicó cuando tenía 20 años. Y ya no paró de escribir: fiel a un consejo irónico y sabio para principiantes e iniciados: “Escribí un relato por semana. Es imposible escribir cincuenta y dos malos relatos, todos seguidos”. Aquellos cuentos iniciáticos fueron compilados y publicados en Dark Carnival, en 1940. Enseguida se sentó a escribir Fahrenheit 451 (la temperatura a la que arden las páginas de los libros), que Francois Truffaut llevaría al cine. Lo hizo en nueve días y en el sótano de la biblioteca de la Universidad de California en Los Ángeles.
En 1950, publicó Crónicas Marcianas, destinado a convertirse en un clásico, tal vez el más clásico, de la ciencia ficción.
En Buenos Aires hubo quien echó el ojo enseguida a Bradbury: Jorge Luis Borges prologó la primera edición de “Crónicas…”, en aquellas estupendas ediciones de Minotauro. “Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, -revela Borges- merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria”, plantea Borges, que no vacila a la hora de dar su bendición; sabe que esos relatos perdurarán. “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo fantástico o a lo real, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte (…)”
El joven Ray fue, como su familia, un acérrimo adherente al Partido Demócrata. Al menos, durante sus primeras cuatro décadas. Cuando, al terminar la Segunda Guerra Mundial, comienza lo que conocemos como la “Guerra Fría”, el Partido Republicano alentó y prohijó enfáticamente una “caza de brujas” como la que habían realizado con la antepasada del joven Ray, sólo que esta vez el “demonio” se llamaba comunismo.
Bradbury se opuso con furia a las acusaciones que caían sobre los demócratas de tener simpatías con el nuevo “demonio rojo”. Cuando en 1952 se veía la posibilidad cierta de que los republicanos ganaran las elecciones por primera vez en veinte años, un Bradbury de 32 años publicó su El ruido de un trueno, un relato donde toma el “efecto mariposa” y aprovecha para solapar una acusación de nazi para quien finalmente se impondría en esas elecciones: Dwight Eisenhower. Luego, publicó un anuncio de página completa, una “carta abierta” a los republicanos donde advertía: “Cada intento que hagan de identificar al Partido Demócrata como el partido del comunismo, como el partido ‘de izquierda’ o ‘subversivo’, lo atacaré con todo mi corazón y alma.”
Todo esto lo llevó a entrar en la lista de investigados de FBI de Joseph McCarthy por “actividades anti-norteamericanas”.
Durante sus 20 años de fuerte adhesión al Partido Demócrata, Bradbury publicaría casi todas las obras que lo convirtieron en poco menos que una leyenda: Dark Carnival (1947), Crónicas marcianas (The Martian Chronicles, 1950), El hombre ilustrado (The Illustrated Man, 1951), Las doradas manzanas del Sol (The Golden Apples of the Sun, 1953), Fahrenheit 451 (1953), El país de octubre (The October Country, 1955), El vino del estío (Dandelion Wine, 1957), Remedio para melancólicos (A Medicine for Melancholy, 1959), La feria de las tinieblas (Something Wicked this Way Comes, 1962), sólo para mencionar algunas.
En 1968, sin embargo, un Ray Bradbuy ya famoso, rico y prestigiado, con gran enojo por el mal manejo de la guerra de Vietnam por parte de Lyndon Johnson, votó por los republicanos por primera vez en 1968: a Richard Nixon. A partir de allí, su conservadurismo se fue asentando y solidificando: defensor de las políticas de Reagan, de la familia tradicional, votante de Rudolph Giuliani y condecorado por George Bush, el autor de Farenheit 451, a tono con su rechazo a los autos, (nunca tuvo registro) y nunca aprendió a conducir, ni demostró nunca ningún interés en la internet o las redes sociales, fue un conservador en toda regla.
Ray Bradbury tenía una particular atracción por la infancia porque decía que allí empezaba todo, el que ve alejarse hasta el día siguiente a su amigo y piensa que la amistad es eso, moldear la arcilla del otro a ver cuáles formas se pueden crear.
Tres años después, Robert McMillan, director del Proyecto Spacewatch de la Universidad de Arizona, decidió bautizar como “9766 Bradbury” a uno de los asteroides de un cinturón descubierto en 1992.
El escritor autodidacta que nunca pasó por la Universidad, el buscavidas de la literatura, agradeció el honor e hizo público su íntimo deseo, relacionado con Marte: “Ya les dije a las personas responsables de los viajes espaciales que, cuando muera, vayan y pongan mis cenizas en una lata de sopa Campbell’s y las lleven a Marte para enterrarlas en un lugar llamado ‘Abismo Bradbury’. Ya no podré ser la primera persona viva en llegar a Marte, pero al menos quiero ser el primer muerto en llegar tan lejos”.
Murió el 5 de junio de 2012 (o el 6, la biblioteca está dividida en este punto), cuando estaba por cumplir 92 años.
El relato que trajimos hoy, “¡Te atrapé!” (Gotcha!, en el original) fue publicado en agosto de 1978 en la revista Redbook y recibió el 12º Premio Locus (1979) en la categoría de relato corto.

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